JÓVENES Y DISTINGUIDOS
La Sala Puertanueva acoge a los becados entre 2004 y 2008
Ángel Luis Pérez Villén
Hace un par de años celebraba con motivo de una exposición colectiva de arte joven cordobés -Generación Eutopía- la existencia de una nueva generación de autores locales, dispuestos no ya a tomar el relevo de sus antecesores en la escena artística cordobesa, sino a desvincularse totalmente de localismos y endogamias, complejos y miserias. Parece ser que resulta difícil trascender esta esfera inmediata de nuestro entorno, por más que aquéllos se muevan en un contexto que trasciende los límites de la ciudad. Lo cierto es que algunos de ellos vuelven a la actualidad con la muestra que la Sala Puertanueva nos ofrece y en la que se dan cita los becados por la Fundación Rafael Botí entre 2004 y 2008. Han sido siete los autores convocados al efecto, cordobeses la mayoría, si bien hallamos algún que otro foráneo residente en la ciudad años atrás. Con ellos el comisario -Óscar Fernández- ha articulado una exposición que prácticamente funciona como una sucesión de espacios estancos donde los diferentes proyectos se exhiben sin solución de continuidad.
Fernando M. Romero (Córdoba, 1978), ausente de la convocatoria antes citada y no por ello menos presente en la ciudad (suya es una de las últimas intervenciones en la fachada de Vimcorsa) representa uno de los redescubrimientos más significativos de la escena cordobesa de los últimos años. Su obra reviste todas las expectativas para esperar de ella lo mejor. Y es así porque después de practicar una pintura que sin renegar del grado de autonomía que como disciplina le permitía abordar una suerte de retratística muy interesante, por lo que de paranoide pueda tener el maridaje entre hiperrealismo y surrealismo, se presta en la actualidad a plantearse su trabajo desde una perspectiva aún más sofisticada. Es muy posible que en esta etapa de su producción las herramientas digitales tengan un protagonismo que antaño no poseían, pero lo notable no es tanto esta filiación procedimental como la estética y el paradigma donde anida esta nueva pintura. Una obra compleja, barroca, excitante y gozosa en la que el flujo y la yuxtaposición de imágenes, tramas y textos viene precipitarse sobre el soporte de la representación. Una pintura que vuelve a poner sobre el tapete la cuestión de la pervivencia y la vigencia de la disciplina para vertebrar un discurso desde y sobre la actualidad.
Guillermo Mora (Alcalá de Henares, 1980), artista que hace unos años estuvo vinculado a la Fundación Antonio Gala, es el responsable de plantear una pintura en el campo expandido, por utilizar los términos puestos en circulación por R. Krauss en relación a las nuevas maneras de la práctica escultórica de finales de los años 60. Pues bien, por seguir con las referencias conceptuales, podríamos recuperar ahora la reflexión de Javier Maderuelo acerca del espacio raptado de las disciplinas del espacio : arquitectura versus escultura con la pintura como paisaje de fondo. Y es que el trabajo de Mora podría entenderse como la prueba testimonial del afán de la disciplina pictórica por traspasar los límites espaciales y formales y adaptarse al espacio, abandonando las dos dimensiones que le obligan a permanecer colgada de la pared y así resituar todo un dispositivo de medios que componen el acceso a la instalación desde la deconstrucción de la pintura.
José Jurado Gómez (Villanueva del Duque, Córdoba. 1984) es la evidencia de que los modos y maneras de hacer de la comunidad artística internacional no son extraños ni mucho menos desconocidos para nuestros artistas más jóvenes. Formado en el ámbito de la imagen, la obra de Jurado Gómez deambula entre la estética relaciona! y el trabajo de campo, entre el papel del artista como sociólogo y el del cuentista, documentalista o antropólogo, según vayámonos alejando de la ficción para recaer en la más pura realidad. Porque fragmentos de realidad cotidiana es lo que nos ofrece este artista. Una secuencia de imágenes bajo una autoría compartida con sus protagonistas viene a consolidar el poder taumatúrgico del arte. Otro de los becados es el artista extremeño Juan Carlos Martínez (Campanario, Badajoz. 1978), interesado en desubicar la mirada de su posición de privilegio para ofrecerle la duda rigurosa de su impudicia, abismando al público a ese espacio de nadie -fronterizo-entre lo privado y lo público, allí donde se vadea el deseo para arribar a un paraíso artificial.
La obra de la cordobesa Verónica Ruth Frías (1978) es una permanente deconstrucción de los estereotipos -desde su posición de mujer y artista- y mediante el artificio, la simulación y la mascarada de los roles de género y las cuestiones relacionadas con la identidad. Desfila así en sus trabajos, generalmente concebidos en video y asociados a la performance, un rico repertorio de figuras cuyo histrionismo nos pone sobre aviso de que el espectáculo acaba de comenzar. El trabajo del cordobés Felipe Gutiérrez (El Carpió, 1980) nos tenía acostumbrados a leer su obra en clave neobarroca. Sus referencias al mundo de la publicidad y los media ha dado paso, no obstante, a otros intereses que sin desechar el soporte fotográfico dejan a un lado el repertorio objetual de sus altares-relicarios para acceder a la crudeza de la imagen enmarcada. Esta aspereza y economía de medios, en su concisión, es resultado del discurso actual de su obra, abocada a en¬frentar el avance de los desechos y la basu¬ra frente al retroceso de la naturaleza.
El Coro para 50 Cabezas de la cordobesa Beatriz Sánchez (1977) nos vuelve a confirmar la convicción de que estamos ante una autora de referencia para el arte no sólo local sino nacional. El tiempo lo dirá. No es sólo la limpieza y la desinhibida firmeza con que aborda sus trabajos, la calidad del tratamiento de la imagen y los recursos puestos a disposición de la obra -en definitiva la tecnología necesaria para montar sus vídeos, algunos como el expuesto en Córdoba, interactivos- sino el calado de sus reflexiones, la manera de abordarlas y la extraña belleza de sus proposiciones lo que nos cautiva. Una obra, en definitiva indispensable, para entender el poder liberador de la tecnología y cómo los recursos de la imagen construyen con naturalidad un imaginario inmediato sobre el que proyectar los avatares de la experiencia.








